Me molesta mucho la gente que usa la retórica para decir las cosas a medias, para camuflar el desconocimiento o meramente para tomar el pelo a quien tiene en frente. Los recursos de estilo se convierten para algunas personas en un arma bien empuñada, de uso indiscriminado y artístico para dirigirse a otros con una displicencia mal disimulada además de muy poco efectiva por cierto, porque dar por hecho que el que te escucha es imbécil es del todo una mala idea de resultados casi siempre nefastos.

La palabra matiz siempre la he relacionado con esa cierta opacidad, esa capacidad de enmascarar cuando algo no está muy claro o queremos poner un hecho bien definido al servicio de nuestro lado de la razón, entonces utilizamos esa palabra “matices”… porque todo depende del color del cristal con qué se mira ¿no?. De hecho una de sus acepciones es “dar a una cosa un rasgo especial”, dejando claro que hasta su significado es ambiguo.

Cuando se habla de los matices de un vino estamos hablando con subjetividad de las cualidades que no son a todas luces distinguibles por todos como realidades sin aristas. Podemos decir sin temor a equivocarnos que un vino es tinto, que su ataque es frutal destacando en aromas primarios o que su boca es aterciopelada y golosa. Pero hay detalles, el color puede presentar ciertos tonos violetas, azulados, púrpuras … Sus aromas pueden recordarnos sólo a fruta o ser expresados según quien hable como piruletas, flores, regalices … Esos matices antes venían ( y siguen viniendo en muchos casos) estudiados y preparados como aquellos pseudozumos de la marca TANG que eran unos polvos que coloreaban el agua de una naranja radiactivo y ahora queremos que sean cualidades libremente expresadas partiendo de un intenso trabajo en viña y usando cada vez materiales más fríos y asépticos para su fermentación y/o crianza.

Vas a una bodega, ponencia o cata, de pronto tu lengua es más rápida que tus habilidades sociales y el unicornio de tu interior suelta la pregunta incómoda. La respuesta puede venir del interlocutor de modo contundente y sin vacilación, incluso para decirte sin tapujos que a veces no hace sus vinos libres de todo lo que él quisiera y que en la toma de decisiones en la bodega cuando vienen mal dadas, quisiera él verte a ti (esto no te lo dice pero lo piensa) pues muy bien, ya te ganaste mi respeto ya que me has dicho lo que hay, me guste más o menos.

La manera alternativa y bien moldeada de responder va precedida o finiquitada por un “claro, siempre hay maticesgua, gua, gua, guaaaaaaaa … mal.

No hay procesos de producción sin equívocos y contratiempos, no hay ciencias exactas para un elemento vivo, pero sí filosofías y concepciones enológicas sin dobles presentaciones, del mismo modo que no hay un:

¿Me quieres?

Ehhhmmm, si claro pero con matices.

Matizar es opacar, es media verdad y por lo tanto media mentira, es mi visión de las cosas frente a la tuya, la salida inmediata del que no se moja ni se pronuncia, es el maquillaje de la palabra frente al argumento, el recurso del que no tiene la verdad o el conocimiento de su parte y es el pincho con el que te aguijonea el vendedor de humo.

Si un vino blanco es prácticamente transparente no es un matiz, es decolorante. Si un tinto joven constituido por una variedad de bajo extracto parece sangre de toro no es un matiz, son pigmentos. Si tenemos unos recuerdos cítricos tan potentes que expulsamos más saliva que la mamba negra de Pulp Fiction no son matices, es tartárico a saco.

Entonces… ¿esto de la diplomacia cómo iba?

¡Pues con matices claro!

Sara González Martín

Sara González Martín

Sumiller y T. Superior en Enología y Maridaje

Sumiller, Técnico Superior en Enología, Maridaje, Comercio y Marketing así como Docente de Sumillería de HECANSA en la Escuela Superior de Hostelería y Turismo de Santa Brígida en Gran Canaria.